Las narraciones del futuro como un camino de progreso, como una transición hacia un mejor tiempo en los ámbitos económico, emancipatorio, de condiciones de vida, etc. hace ya tiempo que se han roto, pero la crisis del coronavirus lo ha hecho más patente y transparente. A la incertidumbre y precariedad de las condiciones de vida y trabajo de amplias capas de la ciudadanía, a las inquietudes por el cambio climático y la crisis ambiental se ha añadido el cambio cualitativo en lo cotidiano que significa el confinamiento. Definitivamente el relato de un futuro de progreso ha perdido todo sentido mientras nos situamos en un presente de amenazas distópicas y apocalípticas que se realimentan y estallan en situaciones límite como la que estamos viviendo actualmente. Las proyecciones hacia el futuro son cada vez más una cuenta atrás hacia una distopía que gradualmente se perfila y concreta en todos los aspectos de la vida cotidiana: el trabajo precario, la crisis ambiental, la crisis de los refugiados, las epidemias y el control cada vez más amplio e inmediato sobre la ciudadanía por parte del poder. Un control cada vez más individualizado, ejercido a través de las tecnologías de la información y la comunicación, de modo que nos converimos en empresarios de nuestras identidades y de nuestras vidas.

Pero el futuro nos importa, porque nos importan los demás seres humanos y los demás seres vivos.

En este contexto, nuestro proyecto de FESTIVAL F5 plantea preguntas sobre el futuro como las que en estos momentos surgen en las mentes de millones de personas en todo el mundo. Ahora es el momento de recordar algunas de las sesiones de FF Cinema en las que las películas que hemos proyectado a lo largo de diez años planteaban preguntas similares. Como Solaris, de Andrei Tarkovsky, en la que Hari, la replicante materializada a través de los recuerdos de Kris, manifiesta su cuestionamiento del futuro, su miedo a la soledad y su crisis de identidad.

Preguntas para las que el sistema capitalista no ofrece más respuesta que las derivadas de las potencialidades de la tecnociencia en el marco de la llamada cuarta revolución industrial, basada en una fusión de disciplinas como la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la nanotecnología, la robótica, el 5G y los ordenadores cuánticos. Fusión de disciplinas que plantean una redefinición de lo que hoy significa ser humanos y que a menudo son contempladas como un peligro para la especie humana, porque dejarán el poder de decisiones trascendentales en manos de las máquinas. En el filme Ex-machina la progresiva humanización del robot Ava mediante el cambio de su aspecto nos recuerda la importancia del cuerpo en la identidad humana a la vez que nos muestra que las cualidades humanas como la sabiduría y el amor pueden simularse pero no duplicarse en sistemas no biológicos. El cerebro humano no es un ordenador con lógica binaria, sino que está instalado en un sistema biológico imposible de replicar con las tecnologías actuales.

El FESTIVAL F5 ha de ser un llamamiento a los artistas de la imagen cinematográfica a la insumisión contra el miedo derivado de la visión distópica y catastrofista del futuro, a dialogar con la incertidumbre utilizándola como una oportunidad para la creatividad, a potenciar como Tarkovsky el poder de la imagen y la metáfora para explorar la naturaleza humana i transmitir emociones, a crear personajes como el de Watanabe del film Ikiru de Kurosawa, que pierde el miedo y llena de sentido su vida justo en el momento en el que sabe que va a morir pronto, un personaje que nos recuerda la brevedad del tiempo de vida y la necesidad de disfrutarlo. Un FESTIVAL F5 enormemente pertinente y necesario en los tiempos que estamos viviendo. Un FESTIVAL F5 enormemente pertinente y necesario en los tiempos que estamos viviendo.